En esta región el paisaje se vuelve muy fértil, de perfiles suaves y ondulados, con poca altitud, pero muy cultivados de vides y olivos sobre todo, aunque también con grandes zonas de arboledas muy bonitas cerca del mar. Es un paisaje que puede resultar algo monótono, pero en ningún caso feo. Me sorprende que otros viajeros me hubieran advertido con antelación que la zona era muy árida, pues exceptuando la gran llanura de la zona de la provincia de Foggia, dedicada al cultivo del cereal y que en la época estival tiene efectivamente un aspecto de gran aridez, el resto de la región me pareció relativamente verde y arbolado. Al menos mucho más que la misma latitud en España.
Comenzamos por San Cataldo, a sólo 10 kilómetros de Lecce, y que es la playa por excelencia de esta ciudad. Aquí aún hay bastantes zonas de playas muy agradables y largas. Pero a medida que se desciende hacia el sur el terreno se eleva y la costa se va transformando en una zona de acantilados, sobre todo a partir de Torre del Orso.
Llegamos a Otranto, una preciosa y pequeña ciudad encajada en una bahía muy redonda, y con un pequeño centro histórico encerrado en sus bellísimas murallas, que en su parte superior albergan también una imponente ciudadela con sus típicas murallas en forma de estrella.
El centro de la ciudad (unas pocas calles recoletas y estrechas) está bien aprovechado para atraer al turismo, principalmente de playa, que acude en la época estival. Sin embargo, Otranto es sobre todo famosa por haber sido tomada por los turcos en su ímpetu de conquistar el sur de Italia, allá por el final del siglo XV. La ciudad fue tomada después de un largo asedio desde el mar (heroico, ya que ni aragoneses ni venecianos ni napolitanos la defendieron, ocupados en sus luchas internas). La población fue masacrada y a los 800 habitantes que se habían conseguido refugiarse en la catedral, el comandante de la flota turca les ofreció perdonarles la vida si se convertían al Islam. Todos rechazaron y por lo tanto fueron ejecutados en una colina al sur de la ciudad, convirtiéndose en los famosos 800 mártires de Otranto. Los Aragoneses, sin embargo, recuperaron la ciudad tan sólo un año después, y recogieron los huesos de los mártires, con los cuales decoraron una capilla de la catedral, donde aún hoy se pueden ver (para quienes gusten de este tipo de decorados) como decorado de una capilla, justo detrás de la imagen de una virgen gótica.
A pesar de todo la ciudad guarda para el visitante dos enormes tesoros. El primero es la propia catedral, de traza normanda, pero que es única en conservar el suelo original de mosaico. En otras catedrales conservan algunos trozos. En algunas, incluso, de mayor calidad que los de ésta. Pero lo que tiene de particular la de Otranto es que lo conserva en casi su entera totalidad. Una pena que a pesar de que no se deja pisar en la zona, los bancos y sillas no están retirados, por lo que en realidad sólo se pueden apreciar bien los mosaicos de la zona de la entrada, que está más despejada. Estos mosaicos no suelen tener formas vegetales o geométricas, sino que cuentan historias y representan personajes de las escrituras y del antiguo testamento pero también mezcladas con historias y seres pertenecientes a la mitología clásica, al igual que lo hace en general la imaginaria del románico (una pena que todo eso se perdiera y en la alta edad media ya nunca se representara). El efecto del mosaico es impresionante y su horizonte grandioso, ya que pretende contar la historia de la humanidad en forma de un gran árbol que sirve para separar el cielo del infierno y que extiende sus ramas para representar entre ellas desde Alejandro el Grande siendo subido al cielo por grifones, hasta cultos paganos, pasando por algunos que otros voluptuosos pecados (con lo seductores que solían resultar la representación de los mismos en esta época). Lo cierto es que muchas de las figuras humanas y de animales no han podido ser interpretadas del todo, lo cual da a este mosaico un cierto toque de misterio que refuerza del todo su belleza.
La otra gran sorpresa de Otranto es la pequeña basílica bizantina de San Pietro. A pesar de que el dominio bizantino en estas tierras fue intermitente, su presencia cultural es evidente cuando la recorremos. Pero es cierto que si bien hay muchísimos ejemplos de iglesias trogloditas excavadas en la roca, pocas basílicas quedan en pie. Y ésta es una de ellas. Uno casi se podía sentir en Grecia al llegar a la minúscula placita que en su centro alberga la basílica (y tampoco es una locura ya que desde las costas de Otranto, los días claros se divisa la isla de Corfù, que es en realidad la costa más cercana en dirección oriental).
Su factura es tan bizantina y su tamaño tan pequeño, que es como una pequeña joya que está esperando al viajero. Aunque la encontramos cerrada, a los 5 minutos una señora con unas bolsas de plástico del mercado (una de estas típicas señoras corpulentas del sur) abrió la puerta sin mirarnos y entró en la basílica encendiendo varios ventiladores que se encontraban repartidos por la planta. La verdad es que hacía calor ese día, pero en fin, la imagen de la basílica del siglo VII con los ventiladores funcionando era realmente "original". El templo conserva unos cautivadores frescos que no pudimos evitar contemplar con pausa. El calor se nos olvidó de repente y nos dedicamos a la belleza por un rato.
Hacia el sur de Otranto la costa se salpica de grutas, muchas de ellas visitables desde el mar. Como no teníamos mucho tiempo, alquilamos una barca con conductor que nos hizo una pequeña excursión para ver algunas de ellas. Fue bonito ver la costa y las impresionantes grutas que se abren bajo el borde de los acantilados. En alguna de ellas hasta entramos con la pequeña lancha al interior. Especialmente bonita fue una en la que el suelo blanco de arena iluminado por el sol creaba en el interior oscuro de la cueva una sensación de luminosidad azulada casi onírica. También recuerdo alguna que tenía grandes estalactitas y cavidades en su techo de grandísima altura.
Pero debíamos seguir hacia el Sur. El calor asfixiante nos hizo darnos un baño en una de las playas de roca junto al embarcadero desde donde hicimos la excursión. Era curioso tomar el sol en la roca y bajar al mar por una escalera clavada en la roca. Pero debíamos continuar. El terreno se eleva y la zona presenta cada vez acantilados más y más escarpados. Quizá sea la zona más seca de la península salentina, aunque también tiene algunos espectaculares pinares verdes que se recortan en el agua y que sorprenden al conductor cuando menos se lo espera.
Al final por causa del calor y del tiempo decidimos no descender hasta la punta más al sur, Santa María di Leuca, e internarnos tierra adentro, para visitar algunas de las ciudades barrocas del Salento. Estuvimos en Galatina y en Nardò. Ambas conservan estupendamente el entramado de calles estrechas y plagadas de palacios e iglesias barrocas. En fin, con mucho encanto a pesar de que el calor era sofocante. Galatina es muy interesante y tiene un paseo agradable por calles silenciosas y plazas con hermosos palacios, un poco al estilo de Lecce.
Pero lo que más nos impresionó fue la iglesia de Santa Caterina d'Alessandria, que tras un hermoso portal románico esconde una gran iglesia gótica (la única de todo el salento que se conserva) que alberga unos frescos de espectacular factura de Francesco d'Arezzo. La conservación de los mismos es óptima y su estilo (un poco al modo de Giotto) embriagador, con bóvedas llenas de ángeles de alas multicolores y cientos de escenas repartidas por todo el espacio. Fue si duda uno de los momentos más especiales de todo el viaje.
Nardò por su parte tiene un encanto de pueblo antiguo, a la vieja usanza, con una plaza que conserva ese aire dieciochesco y mucho sabor popular a la vez. Belleza e imágenes pintorescas de señores en la calle sentados en sillas, casi como si los viera en mi pueblo de Andalucía, hace ya muchísimos años.
La ruta la continuamos hasta el mar, llegando a la encantadora ciudad de Gallipoli, asentada en una península que se adentra en el mar Jónico, y que desde su perímetro amurallado y salpicado de almenas redondeadas dibuja un estupendo paseo a orillas del mar, como si de una Cádiz italiana se tratara (y es que su semejanza, por ambiente, color, arquitectura y luz es realmente asombroso). Las capillas de las hermandades de la ciudad bordean este perímetro y miran casi todas hacia el mar. Es éste un paseo que (por otra parte) se ha llenado de pequeños bares y restaurantes con agradables terrazas colocadas con un gusto muy especial y exótico, como para sentirse casi en un país caribeño. Música, velas, sombrillas de colores y sillas de mimbre recrean esquinas donde sentarse a ver esconderse el sol en el precioso golfo de Taranto. El pequeño interior de la ciudad antigua es un laberinto de calles estrechísimas y de un blanco inmaculado entre las que emerge la imponente catedral barroca.
En Gallipoli asistimos a una puesta de sol como pocas recordamos y vimos hasta una procesión marítima que atravesó el contorno marino de la ciudad lentamente mientras desde tierra todos miraban. Un poco como en España.
Exaustos regresamos a Lecce, a menos de 30 Km, para descansar y despedirnos ya de ella. Lo hicimos en un restaurante al que le habíamos echado el ojo días antes, pero que siempre estaba lleno. Las especialidades de Puglia, como siempre espectaculares. Aquí recuerdo haber tomado una de las Burratas de Buffala más ricas de todo el viaje.
