viernes, 31 de octubre de 2008

IL GARGANO (6)

El Gargano es un promontorio montañoso que se adentra en el mar Adriático en la parte más septentrional de la región de Puglia, el llamado espolón de Italia. Su interior montañoso está ocupado por el parque nacional del Gargano, que tiene como anexo las Islas Tremiti, situadas al norte del promontorio. Para recorrerlo la intención era entrar por el norte para ver las dos albuferas (lago di Varano y lago di Lesina) que se sitúan en esta zona, antes de iniciarse la montaña. Lo hicimos desviándonos de la autopista de Bari a Pescara, siendo ya el atardecer avanzado, por lo que en estos lagos casi pegados al mar no paramos, pero desde la carretera hay espectaculares vistas de los mismos que pudimos disfrutar con una luz preciosa. Una vez se dejan atrás, la carretera se convierte en una estrecha carretera de montaña plagada de curvas y que se interna en frondosas zonas de bosque. El momento fue precioso, ya que el sol se ponía, casi no había nadie en la carretera, y el fresco había ido en aumento a lo largo de la tarde así que se metía en el coche por las ventanillas. De hecho su posición geográfica y sus montañas hacen que esta región tenga un microclima y sea mucho más húmeda y fresca que el resto de Puglia. Esto, unido a lo espectacular de su costa llena de farallones y a lo pintoresco de sus pueblos encaramados en ellos, la hace un destino turístico de playa para muchísimos italianos, así como extranjeros, principalmente alemanes.

El hotel que habíamos elegido estaba a la salida de Peschici, una de las principales localidades de la zona. Fue un alivio por primera vez necesitar una chaqueta a causa del fresco. El lugar era paradisíaco. A pesar de ser una construcción nueva y las habitaciones decoradas de una manera muy funcional, la luna llena nos permitió vislumbrar que estábamos en un lugar lleno de bosques y con preciosas vistas al mar, como descubriríamos con asombro la mañana siguiente.



Nada más llegar nos fuimos al pueblo de Peschici, en el que había fiesta por lo que estaba bastante animado. Peschici está encaramado a un acantilado sobre el Adriático y deja a un lado una pequeña pero hermosa playa. El sitio nos sorprendió porque ante el aparente silencio de nuestro hotel, en medio de la nada, aquí había música, gente paseando, terrazas llenas. Todo muy turístico, vamos. Paseamos por la calle principal comercial, a rebosar de paseantes curioseando entre las pastelerías, heladerías y tiendas de artesanía y souvenirs. Nos decidimos por un restaurante casi frente a uno de los miradores que dan al mar. Fue una de las mejores cenas de todo el viaje, con pescado y pasta local, burrata y dulces típicos. Todo un festín en un sitio casero y agradable.

Al día siguiente, tras un delicioso desayuno frente al mar en la terraza del hotel, queríamos hacer la ruta de la carretera que va de Peschici a otra de las localidades importantes del Gargano, Vieste. Empezamos por Peschici, que recorrimos ahora de día, fotografiando todos los rincones pintorescos que tiene y sus hermosas vistas . Monumentos no hay, pero es bastante agradable. Continuamos la ruta por la costa, con la idea de volver luego por el interior, pues había dos rutas, ambas con carretera de montaña. La carretera gira y gira entre mar y pinos y nos permitió ya comprobar que hacía mucho viento y el mar estaba bastante picado, pero de un color inexplicable, entre verde y azul.




Vieste también está encaramado a un acantilado, como Peschici, si bien es más grande y deja a ambos lados playas extensas y de arena fina. Recorrimos el pueblo y sus cuestas. Blanco inmaculado, en contraste con el verde intenso del mar y el sol que caía a plomo, pero muy suave por efecto del viento que se intensificaba. Terminamos comiendo algo ligero en la plaza del pueblo intentando no caer tumbados por el viento, y planeando una tarde de relax y sin mucha frustración (veíamos que peligraba nuestra idea de playa con el viento que hacía)



Así que en principio, tras la comida, proseguimos ruta hacia el sur, pensando que encontraríamos alguna playa más resguardada donde tomar el sol y darnos un baño. El caso es que la carretera seguía siendo espectacular y las vistas muy especiales, pero por recortada que era la costa no encontrábamos que en ninguna orientación el viento amainase, así que tras varias paradas, fotos, ratos sentados en lugares con vistas maravillosas, decidimos que lo mejor era volver a Vieste para darnos un baño en la kilométrica playa que se extiende al sur de la localidad.






Así hicimos y, a pesar del viento, vivimos uno de los momentos más especiales del viaje tomando el sol sobre la arena mojada y bañándonos mientras las olas rompían con fuerza en la orilla. Era como si el mundo hubiese desaparecido y sólo existiera aquella playa y nosotros dedicándonos a disfrutarla. Me sentí como cuando pequeño pasábamos las tardes infinitas en la playa, en Galicia, sintiendo cómo el sol bajaba poco a poco sin que el paso del tiempo nos importase lo más mínimo.

La vuelta al hotel la hicimos por el interior, pero no pudimos evitar tomar un poco la carretera que se adentraba en el parque nacional y accedía hasta la parte más densa de la Foresta Umbra, un densísimo y antiguo bosque cuya frontera es nitidísima, pasando del paisaje mediterráneo de la costa, con campos cultivados, vides y olivos a, en sólo 500m, prácticamente a una selva oscura y húmeda, llena de árboles de hoja caduca y musgo. El cambio es brutal y la belleza de este bosque muy intensa, y ya descrita por Plinio y Horacio en la antigüedad.

Llegamos hasta el mismo corazón del bosque y nos dimos un paseo entre domingueros cruzando senderos, prados y hasta un pequeño embalse. Era como estar trasladados unos 800 Kms más al norte en tan sólo unos minutos. Nos pareció increíble, y al día siguiente decidimos que lo cruzaríamos entero hasta el sur del promontorio.



Aún nos dio tiempo de tomarnos un helado en Peschici, y de volver al hotel a descansar un rato antes de, por la noche, acudir de nuevo a cenar. Este vez centrados más en los quesos de la región y el la carne.

A la mañana siguiente, de nuevo desayuno frente al mar recortado de pinos, y salida hacia el sur cruzando la Foresta Umbra, hasta el punto de la tarde anterior y continuando hasta su final a las laderas del Monte Sant'Angelo, situado en la cima de una montaña de más de 700 metros y desde cuya vertiente sur se domina toda la costa de Puglia prácticamente hasta Bari. La idea era simular el camino que los cruzados solían hacer en la Edad Media cuando acudían a los puertos de la Puglia para embarcarse rumbo a Tierras Santas.
La tradición exigía visitar el Monte Sant'Angelo, nacido en el siglo XI como capital de una serie de posesiones normandas en el lugar donde, según la tradición, el Arcángel San Miguel se apareció al Obispo de Siponto (ciudad hoy desaparecida y de la que quedan hoy sólo ruinas y alguna capilla, a los pies del Monte Sant'Angelo) en el año 490. El Arcángel ordenó al obispo dedicar la gruta en la que se le había aparecido al culto cristiano en su nombre. Y así hizo. La cueva aún se puede visitar entrando en el templo que se ha construido en el sitio, en época medieval.


Es, por lo tanto, un lugar de peregrinación y se nota en seguida. La portada del templo, de bellísimos relieves románicos, da entrada a unas largas escaleras que van descendiendo hasta la gruta, donde está la famosa capilla ya convertida en Santuario Nacional por los primeros invasores bárbaros de esta tierra en el siglo VII: los Lombardos, que siempre habían sido fervientes devotos del Arcángel San Miguel. El pueblo no tiene mucho más, un pequeño paseo por su centro urbano, un café delicioso en una cafetería como de otra época, y una breve visita al otro monumento importante del pueblo, el mausoleo de Rotari (rey de los lombardos del 636 al 652), que en realidad constituye el Baptisterio de la Iglesia de San Giovanni, donde no nos perdimos los interesantes y orientalizantes frescos que la decoran.



Monte Sant'Angelo se asoma al sur con unas vistas espectaculares, pues estando a unos 10 km de la costa se eleva casi a 800 metros sobre el nivel del mar. La bajada es muy espectacular, y al llegar a la planicie el paisaje pierde todo el encanto de la montaña y del verde que acabábamos de atravesar. El Gargano conecta con la llanura de Foggia, la segunda en extensión de toda Italia, convertida en uno de los graneros importantes del país. En verano su aspecto plano, seco y amarillento no es demasiado atractivo. Pero en las cercanías de Foggia queríamos visitar algunas cosas más.

Simulando aún las rutas de los cruzados en la edad media, las visitas a las capillas de la desaparecida Siponto eran obligatorias. Si la ciudad, de origen griego, no existe hoy en día a raíz de que tras un terremoto en el siglo XIII (durante el que quedó destruida) la población se trasladó a otra nueva ciudad (la actual Manfredonia), ambas capillas, de estilo románico, aún están en pie. Hoy en día están en medio de la nada, casi como olvidadas en los bordes de la carretera.
A pesar de haber salido del Gargano el calor no había aumentado y aunque el viento había amainado permanecíamos en una temperatura cercana a los 25 grados y con sol, lo cual, en un lugar sin mucha sombra como éste, era de agradecer. Afortunadamente este tiempo nos acompañó ya hasta el final.
Estas capillas (Santa María de Siponto y San Lorenzo) son las dos interesantísimas por su forma poco al uso. Cuadrada la primera, muy grande y especial y con dos naves irregulares la segunda, de la que destacaría la portada, de relieves bellísimos, de los más bonitos de todo el viaje.





El viaje debía continuar, separándonos ya de las rutas de los cruzados, para visitar Lucera y Troia. La primera es una ciudad que conserva muy bien su centro histórico amurallado, por el que dimos un breve paseo antes de visitar su imponente catedral gótica, construida sobre una mezquita que los angevinos destruyeron en el siglo XIII expulsando a la importante comunidad musulmana de la ciudad, que había llegado casi hasta las 20.000 personas y que procedía una recolocación tras una rebelión contra Federico II en Sicilia. También hay un anfiteatro romano, pero que por causa de unos trabajos de restauración no pudimos visitar.

Troia está situada en un alto promontorio en forma de flecha que domina toda la llanura de la provincia de Foggia. Fundada por los bizantinos en el siglo XI como fortaleza de vigilancia dentro de su sistema de defensa de la región y con el objetivo de apoyar la colonización griega, terminó finalmente siendo conquistada por los normandos. Su centro histórico, alargado, adaptándose a la orografía, se conserva muy bien y es tranquilo, casi desierto a las horas del mediodía de un día entre semana de verano como lo era cuando llegamos. Lo importante de Troia, sin embargo, es la Catedral, una de las catedrales románicas más interesantes de toda Italia. Sobre todo por sus interesantes influencias bizantinas y sarracenas, que se observan especialmente en la parte inferior de la portada.





Son de destacar también las puertas de bronce del siglo XII (las principales y las laterales, a cada cual más hermosa y espectacular).





También en el interior, aunque el ábside es de época posterior (gótica) las naves y sus imponentes columnas coronadas de capiteles con relieves espectaculares sobrecogen al visitante, que no puede dejar de mirarlas y mirarlas. Uno de lo más bonitos momentos de este viaje fue descubrirla, de repente, en la pequeña calle a la que da su fachada, y no saber dónde mirar porque la belleza intensa de ese románico contagiado de oriente bizantino y musulmán se esparce por el abultado bestiario que puebla su fachada, por las decoraciones de frisos, ventanas y arcos falsos, por los capiteles y en el púlpito del interior, en el rosetón de mármol compuesto de 11 tramos de celosías diferentes y arabescas... En fin, fueron muchísimos minutos que no nos cansamos de mirar por todos sus lados, un momento inolvidable, sumidos en ese mediodía tibio y silencioso que nos regalaba la jornada.



Después de decidir comer algo, con la pena de no podernos quedar allí más tiempo, resolvimos buscar un lugar en el mismo pueblo, lo cual no parecía tarea fácil ya que a aquellas horas parecía literalmente abandonado. Pocos pasos más abajo de la catedral había una vinoteca con un par de mesas fuera a la sombra. La verdad que daba la impresión de estar cerrado, pero la puerta estaba abierta. Dentro no había nadie. Al ratito salió un chico, casi adolescente, al que pregunté si podíamos tomar algo de comer. Me dijo que sí, y le sugerí si podía prepararnos unas bruschetas y una tabla de quesos. Parecía solo el pobre (luego descubrimos que efectivamente así era) y tardó mucho en prepararlo, así que dudábamos de qué estaba haciendo. Pero nuestra sorpresa fue mayúscula cuando apareció con una bandeja de las más ricas bruschetas que he comido nunca. No sólo deliciosas, sino preparadas con mucha delicadeza. Los tomates pequeñitos, la panceta de Martina Franca, una ramita de romero, las hierbas aromáticas, los quesos cortados con cuidado, en un plato precioso. Y una cesta de panes variados que estaban espectaculares. En general el pan en Puglia es impresionante, hay que decirlo. Hay muchos pueblos que tienen incluso pan con D.O. Pero es que estos que probamos en Troia eran auténticas delicatessen. En fin, que creo que después de todo lo que habíamos visto, este regalo extra nos hacía rozar la perfección.

miércoles, 29 de octubre de 2008

DE CAMINO AL GARGANO (5)

La jornada queríamos dedicarla a terminar de visitar el centro histórico de Trani y alguna otra ciudad de los alrededores, incluyendo la fortaleza de Castel del Monte. En Trani, a pesar de que el paseo por las calles del casco histórico es bastante agradable, debido al calor, nos dirigimos directamente a la catedral previa parada en una panadería para completar sobre la marcha nuestro desayuno. Las panaderías en Puglia fabrican toda suerte de focaccias saladas, panes de pizza y bollerías saladas y dulces que hacen las delicias de cualquier estómago.
Tras calmar el apetito y la gula nos dedicamos al arte. Trani era la primera gran catedral románica que veíamos en Puglia. Y es en realidad una de las más especiales, ante todo por la esbeltez que le proporciona su gran altura unida al hecho de estar totalmente aislada de otros edificios y contar con un inclinadísimo tejado a dos aguas. Su piedra de tono clarísimo recorta el azul intenso del mar sobre la que casi parece erigirse al estar edificada a tan solo unos metros del agua.



Estas catedrales románicas son de influencia principalmente normanda pero tienen una serie de particularidades que hacen que se hable del románico de Puglia, como un estilo diferenciado. Así es. Su planta en forma de T con ábside basilical se repite más o menos en todas. La piedra anaranjada de Puglia también es otro de sus rasgos identificativos, así como sus imponentes alturas, posibles gracias a la ligereza de esta piedra y al hecho de estar todas concebidas con naves techadas con madera. Los arcos de medio punto separando las 3 naves centrales suelen ser muy altas y sus columnas rematadas por bellísimos capiteles. El espacio que se crea en el altar mayor es muy grande, al no contar aquí con ningún tipo de elemento, tan solo las paredes de la nave transversal y el ábside. Y en ellas, tan sólo algunas ventanas. Eso las dota de una elegancia aérea y luminosa difícil de explicar. En la de Trani estuvimos solos, en silencio, con el único sonido del mar cuyas olas casi chocaban contra las paredes de la catedral. Contemplamos las puertas originales de bronce del s XII, que se conservan en el interior, y algo parecía retenernos allí porque nos costó trabajo salir.




No dejamos de visitar la cripta, que como en todas las catedrales de la zona es bastante grande y suele ser de época anterior (en muchas casos es directamente la anterior catedral, conservada como cripta) y en las que debido a su menor tamaño suelen poderse apreciar con muchísima nitidez los impresionantes capiteles llenos de escenas paganas y mitológicas absolutamente perturbadoras, así como interesantes frescos que en su mayoría, debido a la época, suelen tener fuertes influencias bizantinas.
Aún reservamos un ratito más para descansar extasiados en el portal de la catedral, decorado con profusos relieves vegetales de estilo normando, enmarcando escenas de lo más exquisito, como el que decora el título de este blog.



Desde Trani queríamos visitar Barletta y Molfetta. De la primera no guardamos un buen recuerdo pues tuvimos un pequeño incidente con un coche conducido por un adolescente local que sin ser de relevancia, al ser el coche alquilado y empeñarnos nosotros en rellenar al parte, quiso de alguna manera sobornarnos para que no lo hiciéramos. Apareció su padre y la discusión duró bastante. Al final accedimos a su "propuesta" y terminamos sintiéndonos en el centro de un asunto medio mafioso... El resto del viaje soñé a diario con coches que nos perseguían para darnos nuestro merecido por haber insistido en ser legales. Al final nada pasó a mayores, y tampoco los de la casa de alquiler notaron el minúsculo golpe, así que hasta salimos ganando... ¡Qué país!

En Barletta y debido a esto sólo dimos un rápido paseo por el centro visitando un par de iglesias que tampoco terminamos de disfrutar demasiado después del disgusto. Y sobre todo fotografiamos a una de las atracciones del pueblo, El Colosso di Barletta. Un señor coloso que está situado en una de las calles del pueblo y que parece ser que formaría parte de uno de los barcos que en la edad media transportaba un botín de uno de los saqueos de los venecianos a Constantinopla y que debió hundirse frente a las costas de Barletta, donde debió terminar. Los brazos y las piernas de la estatua parece que se fundieron para construir las campanas de la catedral, pero fueron remplazadas por otras medievales, añadiéndole una cruz en una de las manos. Pero por el resto parece que podríamos estar hablando de una estatua romana-bizantina del siglo V.


Después nos dirigimos a Molfetta, también en la costa, donde el punto más importante de atracción lo constituía el Duomo de S. Corrado del siglo XII con su espectacular nave con tres cúpulas de tambor hexagonales.



Desgraciadamente llegamos un poco tarde y justo acababan de cerrarla. Hasta las cinco no la volvían a abrir, pero eso nos descuadraba todo el plan de viaje, así que teniendo en cuenta que el calor era terrible, decidimos buscar un lugar para comer algo y seguir la ruta hasta nuestro siguiente destino que era Castel del Monte, un impresionante y sobrio pero misterioso castillo construido por el emperador Federico II en la cima de una colina dominando una amplísima zona que más o menos está deshabitada. El monumento en cuestión está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO debido a sus extraordinarias y únicas características. El castillo, de forma octogonal, está conformado también por ocho torres (una en cada ángulo) también ellas de forma octogonal. Aunque aparentemente ello parece simbolizar la corona imperial ya que también octogonal es la capilla funeraria de Carlomagno en Aquisgrán, se han intentado establecer otras muchas teorías para explicar el posible y desconocido origen de esta simbología. Entre ellas están las que lo asemejan a la arquitectura musulmana o aquellas que ven relaciones con la pirámide de Gizeh en Egipto o las que investigan su posible relación con la astrología. Lo cierto es que por más que los estudiosos han investigado en ello, aún no se sabe con certeza cuál habría sido el uso de este edificio, ya que ni la situación ni la distribución de habitaciones arrojan mucha luz sobre ninguna de las posibles teorías. Casi se diría que el Castillo bien podría haber sido un capricho del (por otro lado) extravagante e intelectual emperador.



La visita la realizamos a primera hora de la tarde. Ya no hacía tanto calor y la hora hacía que no hubiera mucho turista. El vehículo en verano hay que dejarlo debajo de la colina y un pequeño autobús traslada a los visitantes hasta el castillo. La mayor parte de la visita al castillo (con sólo una pequeña zona dedicada a paneles informativos, que leímos con mucho interés) estuvimos solos, así que la disfrutamos bastante.

Después de semejante visita aún teníamos alguna cosa pendiente. Habíamos visto en la guía la existencia de las ruinas de una basílicabizantina (San Leucio) en las afueras de la localidad de Canosa di Puglia. Allí nos dirigimos, no con mucha fe, pues las indicaciones para llegar a monumentos en las ciudades son inexistentes. Pero lo intentamos. Al final sí que había un cartel que señalaba la dirección en la que se encontraba la ruina, mucho más a las afueras del casco urbano de lo que nos habíamos imaginado. De hecho ya estábamos a punto de darnos la vuelta cuando de repente apareció, en medio de un olivar, la verja de las ruinas, que al final estaban estupendamente conservadas y hasta contaban con un edificio anexo que supongo que tenía el objetivo de convertirse en el futuro en un centro de interpretación. Lo primero que saltaba a la vista era el enorme tamaño que debía tener la basílica. Y es que inicialmente se trataba de un templo griego dedicado a la diosa Minerva que sería transformado en basílica posteriormente, entre los siglos IV y V. La escalinata del templo, de hecho, se observa aún, aunque aparece semienterrada. Sobre la plataforma del templo debió construirse la planta de la basílica, de grandes dimensiones. Queda poco, alguna columna reconstruida, capiteles sueltos, algún bello fragmento del mosaico del suelo... pero la silueta de la planta, con sus ábsides, sí es perfectamente reconocible, y usando la imaginación podemos más o menos reconstruir un templo que debió ser magnífico.




Aún emocionados por el descubrimiento, nos dirigimos a por un café al centro del pueblo y de paso visitamos su interesante catedral, bastante heterogénea, fruto de innumerables adiciones y transformaciones sufridas a lo largo de su amplia historia (los elementos más antiguos son de época lombarda, del siglo VII-VIII). Es interesantísima porque tiene elementos de grandísimo valor, como las columnas, la bóveda a base de cinco cúpulas, el baldaquín románico o la cátedra de mármol del obispo, bellísimamente sostenida por dos elefantes. Después hay muchos añadidos y superpuestos barrocos, y hasta del siglo XX, época en la que fue restaurada y casi reconstruida. Pero la sorpresa más gratificante se encuentra fuera de la iglesia, en uno de los laterales. Se trata del mausoleo de Boemondo D'Altavilla, un caballero cruzado que fue traído aquí y a quien se le construyó como descanso eterno este diminuto edificio en mármol con planta cuadrangular y un pequeño ábside lateral. Su parte superior está dotada de un tambor poligonal sobre el que descansa una cupulita semiesférica. El edificio es minúsculo, pero de un exotismo que hace recordar más a un edificio oriental que a un mausoleo cristiano.


Ya se nos hacía tarde para llegar al Gargano, así que tomamos la autopista hacia el Norte. El viento había estado cambiando durante la tarde, y tras los días de sofoco, una agradable sensación de frescor se apoderaba de nosotros, como anuncio de lo que serían los días próximos visitando esta zona costera y montañosa, la más al norte de toda la región.

viernes, 24 de octubre de 2008

DE SUR A NORTE PASANDO POR MATERA (4)

Debíamos terminar nuestro recorrido por el sur de la región y dirigirnos al norte de Bari, concretamente a Trani, que sería nuestro destino aquel día. Pero antes debíamos pasar por Taranto, donde queríamos hacer una breve parada, y en Matera, donde sí queríamos ver con calma la ciudad.
Taranto se convirtió en el capítulo más desagradable del viaje. A pesar de que la ciudad teóricamente no tiene nada para ser fea, comenzando por su ubicación geográfica, en una isla casi unida a tierra por sus dos extremos, dejando a un lado una especie de mar interior y el propio golfo de Taranto al exterior, el paisaje está muy degradado por la construcción masiva de fabricas y polos industriales. El ensanche es como el de otras ciudades italianas, pero estaba bastante vacío porque era domingo. Pero en cuanto entramos en la isla se nos vino el alma a los pies. La degradación del paisaje urbano es espectacular (y eso que las guías dicen que ya se ha recuperado bastante). Hay mucha suciedad, edificios abandonados, semidestruídos, y gente muy poco amigable por las calles. Así que nos internamos sólo un poco a pie, lo justo para llegar a la catedral, que es una hermosísima catedral románica con unos capiteles impresionantes y una cripta muy muy interesante. Pero salimos de allí corriendo. Qué pena, pensé. Porque los lugares en sí no eran feos, más bien todo lo contrario. Pero la sensación de la ciudad no es cálida. En fin, espero que algún día pueda volver para cambiar de opinión.

El camino a Matera va abandonando los paisajes propios de la costa y se va internando en un paisaje seco y desolado. Cuando llegamos a Basilicata (pues Matera está en la región de Basilicata) la imagen era un poco como la de una Castilla de llanuras infinitas y coloreadas de ese amarillo que dejan los campos de cereal cuando están secos. La ciudad es Patrimonio de la Humanidad, y tras un par de decenios de duro trabajo se ha acondicionado para acoger un turismo de interior y piedras que gusta de alojarse en casas con encanto y disfrutar del aislamiento y el silencio. Pero cuento un poco el interés de esta ciudad.

Matera está construida sobre un cañón de un río, y desde la edad media, mucha población había ido construyendo casas en forma de cueva en las paredes del cañón. La ciudad ocupa digamos dos (especie de) colinas, y en las hondonadas es donde tenemos estas construcciones. Las más humildes, prácticamente casas-cueva. Las que son más casa que cueva se amontonan unas encima de otras en las paredes de la roca de las colinas que tiene la orografía del terreno. Es complejo de describir, pero ninguna fotografía puede explicar la impresión de la llegada y de las vistas a esta ciudad y sus diferentes colinas (o "sassi", literalmente piedras, que es así como llaman a las dos colinas o "barrios" donde se disponen las viviendas).



Las condiciones de vida de la población en este lugar causaron un gran impacto al escritor Carlo Levi durante su "confinamiento" en el sur del país en la época de Mussolini. Aquello le inspiró para escribir la novela, publicada más tarde con grandísima repercusión, en 1945, Cristo si è fermato a Eboli (Cristo se paró en Éboli), donde denuncia la situación de pobreza e insalubridad de gran parte de la población del Mezzogiorno italiano, en comparación con la situación del próspero norte. La situación puso el foco de atención en las desigualdades económicas de Italia y ayudó mucho a crear una conciencia al respecto. En Matera la gente vivía sin electricidad ni agua, y contaban con un sistema prácticamente prehistórico (a la vez que audaz) par la canalización del agua. Afortunadamente a partir de los años 50, comenzó a trasladarse a la población a la parte alta de la ciudad (a la llanura) donde se construyó la nueva Matera (terriblemente fea, por cierto). Algunos, de todas formas, no quisieron abandonar sus casas. Pero la cuidad ha seguido siendo fuente de inspiración, y Pier Paolo Passolini rodaba allí su sobrecogedora Pasión según San Mateo, asombrando al mundo con las localizaciones de Matera. Muchas otras películas se han rodado allí, entre ellas y por seguir en la misma línea, la violenta y polémica Pasión de Cristo de Mel Gibson.




Con la declaración del conjunto como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO comenzó un importante trabajo de restauración y de creación de empleo turístico sostenible en la cuidad de los sassi, que ha permitido traer todas las comodidades de la vida moderna a este lugar. La importantísima inversión económica se ha hecho con mucho acierto y no ha destruido demasiado la esencia de la ciudad, donde uno puede perderse por horas entre sus callejuelas, sus escaleras, arcos, plazuelas, todas de un color parduzco inimitable. O visitar las impresionantes iglesias y monasterios rupestres con abundantes frescos de diversas épocas. Uno de ellos, situado en el último sasso, es en realidad un conjunto de 5 iglesias excavadas en la roca que resultan muy impresionantes para el viajero que llega a ellas como final de paseo de la ciudad porque además desde las mismas se observa una panorámica estupenda de Matera.





Fueron varias horas de perdernos por las callejuelas de Matera bajo el imponente sol y el calor asfixiante, pero no nos pesaba nada. Era como estar en otro mundo, en otra vida, en otra historia. Además, la escasa afluencia de turistas ese día contribuyó mucho a sentirnos casi en una ciudad abandonada y a poderlo vivir, por lo tanto, de una manera bastante especial.





De camino a nuestro destino final de la jornada, paramos en la ciudad de Gravina in Puglia, que como su nombre indica esta situada al igual que Matera en un cañón de un río. En ella hay una iglesia excavada en la roca (casi una catedral, como rezaba la guía al hablar de sus frescos y sus cinco naves). Pero como tantas otras veces en el viaje, incluso cuando conseguimos llegar donde estaba, a pesar de la nula señalización, descubrimos con pena que estaba cerrada con una verja y que era imposible ver nada. Es un poco desconcertante la desidia con la que te encuentras gran cantidad de monumentos inaccesibles y (lo que es más grave) sin ningún tipo de vigilancia, señalización de horario de apertura ni nada que se le parezca. En fin, imaginamos cómo sería por lo que veíamos desde la cancela, pero nos quedamos con las ganas. Afortunadamente Gravina es una ciudad agradable y el paseo no fue del todo en vano. Cuenta con un par de iglesias interesantes y una gran catedral barroca con algún vestigio románico en una plaza muy agradable.





La llegada a Trani ya anocheciendo fue un poco tumultuosa. La sensación de sofoco era tremenda debida al intenso calor y al alto grado de humedad en el ambiente. Nos costó encontrar el Bed & Breakfast, pues finalmente se trataba de un apartamento en un bloque de pisos de playa normales. El dueño, un chico de nuestra edad bastante agradable pero algo chulillo, como tantos italianos que están aparentemente como de vuelta de todo. El sitio no me gustó mucho, pero era sólo una noche, y lo bonito que es Trani lo compensó con creces.
Por la noche seguía el calor y la humedad. La sensación era sumamente desagradable, casi como en un país tropical. Así que a pesar de que el paseo hasta el centro de la ciudad era muy bonito, con casas y calles de piedra y mucha gente celebrando las fiestas de la ciudad (hasta fuegos artificiales tuvimos) en seguida estábamos cansadísimos de agotamiento.
El puerto de Trani es muy especial, muy acogedor, y en uno de sus extremos está, aislada y junto al borde del mar, la catedral románica. Una catedral esbeltísima desde fuera, por ser de una piedra blanquecina preciosa y por destacar su elevación mucho más al estar aislada de los demás edificios y contar con un tejado a dos aguas con un ángulo muy agudo. La alta torre del campanile se recorta casi como un faro. En fin, realmente muy especial. Una pena el calor que hacía. Terminamos cenando en un lugar de comida típica pero con productos biológicos. Pero tampoco pudimos disfrutar mucho de la terraza ni de la comida. Ya me imaginaba un resto del viaje en esas condiciones y me entraba de todo, pero afortunadamente los vientos rolaron y al día siguiente, poco a poco la temperatura fue bajando hasta unos niveles no sólo tolerables, sino más que agradables.

martes, 21 de octubre de 2008

LA PENÍNSULA SALENTINA (3)

La península salentina se extiende al sur de Lecce, que es su centro y capital, y constituye el final del sureste de Italia, la punta del tacón de la llamada "bota italiana". Está bañada al este por el mar Adriático y al oeste por el Jónico, en la parte oriental del golfo de Taranto. La idea que teníamos era recorrerla en un día, bajando hacia el sur por la costa adriática y después internándonos en algunos pueblos para cruzar a la costa de Gallipoli.
En esta región el paisaje se vuelve muy fértil, de perfiles suaves y ondulados, con poca altitud, pero muy cultivados de vides y olivos sobre todo, aunque también con grandes zonas de arboledas muy bonitas cerca del mar. Es un paisaje que puede resultar algo monótono, pero en ningún caso feo. Me sorprende que otros viajeros me hubieran advertido con antelación que la zona era muy árida, pues exceptuando la gran llanura de la zona de la provincia de Foggia, dedicada al cultivo del cereal y que en la época estival tiene efectivamente un aspecto de gran aridez, el resto de la región me pareció relativamente verde y arbolado. Al menos mucho más que la misma latitud en España.
Comenzamos por San Cataldo, a sólo 10 kilómetros de Lecce, y que es la playa por excelencia de esta ciudad. Aquí aún hay bastantes zonas de playas muy agradables y largas. Pero a medida que se desciende hacia el sur el terreno se eleva y la costa se va transformando en una zona de acantilados, sobre todo a partir de Torre del Orso.

Llegamos a Otranto, una preciosa y pequeña ciudad encajada en una bahía muy redonda, y con un pequeño centro histórico encerrado en sus bellísimas murallas, que en su parte superior albergan también una imponente ciudadela con sus típicas murallas en forma de estrella.


El centro de la ciudad (unas pocas calles recoletas y estrechas) está bien aprovechado para atraer al turismo, principalmente de playa, que acude en la época estival. Sin embargo, Otranto es sobre todo famosa por haber sido tomada por los turcos en su ímpetu de conquistar el sur de Italia, allá por el final del siglo XV. La ciudad fue tomada después de un largo asedio desde el mar (heroico, ya que ni aragoneses ni venecianos ni napolitanos la defendieron, ocupados en sus luchas internas). La población fue masacrada y a los 800 habitantes que se habían conseguido refugiarse en la catedral, el comandante de la flota turca les ofreció perdonarles la vida si se convertían al Islam. Todos rechazaron y por lo tanto fueron ejecutados en una colina al sur de la ciudad, convirtiéndose en los famosos 800 mártires de Otranto. Los Aragoneses, sin embargo, recuperaron la ciudad tan sólo un año después, y recogieron los huesos de los mártires, con los cuales decoraron una capilla de la catedral, donde aún hoy se pueden ver (para quienes gusten de este tipo de decorados) como decorado de una capilla, justo detrás de la imagen de una virgen gótica.
A pesar de todo la ciudad guarda para el visitante dos enormes tesoros. El primero es la propia catedral, de traza normanda, pero que es única en conservar el suelo original de mosaico. En otras catedrales conservan algunos trozos. En algunas, incluso, de mayor calidad que los de ésta. Pero lo que tiene de particular la de Otranto es que lo conserva en casi su entera totalidad. Una pena que a pesar de que no se deja pisar en la zona, los bancos y sillas no están retirados, por lo que en realidad sólo se pueden apreciar bien los mosaicos de la zona de la entrada, que está más despejada. Estos mosaicos no suelen tener formas vegetales o geométricas, sino que cuentan historias y representan personajes de las escrituras y del antiguo testamento pero también mezcladas con historias y seres pertenecientes a la mitología clásica, al igual que lo hace en general la imaginaria del románico (una pena que todo eso se perdiera y en la alta edad media ya nunca se representara). El efecto del mosaico es impresionante y su horizonte grandioso, ya que pretende contar la historia de la humanidad en forma de un gran árbol que sirve para separar el cielo del infierno y que extiende sus ramas para representar entre ellas desde Alejandro el Grande siendo subido al cielo por grifones, hasta cultos paganos, pasando por algunos que otros voluptuosos pecados (con lo seductores que solían resultar la representación de los mismos en esta época). Lo cierto es que muchas de las figuras humanas y de animales no han podido ser interpretadas del todo, lo cual da a este mosaico un cierto toque de misterio que refuerza del todo su belleza.
La otra gran sorpresa de Otranto es la pequeña basílica bizantina de San Pietro. A pesar de que el dominio bizantino en estas tierras fue intermitente, su presencia cultural es evidente cuando la recorremos. Pero es cierto que si bien hay muchísimos ejemplos de iglesias trogloditas excavadas en la roca, pocas basílicas quedan en pie. Y ésta es una de ellas. Uno casi se podía sentir en Grecia al llegar a la minúscula placita que en su centro alberga la basílica (y tampoco es una locura ya que desde las costas de Otranto, los días claros se divisa la isla de Corfù, que es en realidad la costa más cercana en dirección oriental).


Su factura es tan bizantina y su tamaño tan pequeño, que es como una pequeña joya que está esperando al viajero. Aunque la encontramos cerrada, a los 5 minutos una señora con unas bolsas de plástico del mercado (una de estas típicas señoras corpulentas del sur) abrió la puerta sin mirarnos y entró en la basílica encendiendo varios ventiladores que se encontraban repartidos por la planta. La verdad es que hacía calor ese día, pero en fin, la imagen de la basílica del siglo VII con los ventiladores funcionando era realmente "original". El templo conserva unos cautivadores frescos que no pudimos evitar contemplar con pausa. El calor se nos olvidó de repente y nos dedicamos a la belleza por un rato.





Hacia el sur de Otranto la costa se salpica de grutas, muchas de ellas visitables desde el mar. Como no teníamos mucho tiempo, alquilamos una barca con conductor que nos hizo una pequeña excursión para ver algunas de ellas. Fue bonito ver la costa y las impresionantes grutas que se abren bajo el borde de los acantilados. En alguna de ellas hasta entramos con la pequeña lancha al interior. Especialmente bonita fue una en la que el suelo blanco de arena iluminado por el sol creaba en el interior oscuro de la cueva una sensación de luminosidad azulada casi onírica. También recuerdo alguna que tenía grandes estalactitas y cavidades en su techo de grandísima altura.
Pero debíamos seguir hacia el Sur. El calor asfixiante nos hizo darnos un baño en una de las playas de roca junto al embarcadero desde donde hicimos la excursión. Era curioso tomar el sol en la roca y bajar al mar por una escalera clavada en la roca. Pero debíamos continuar. El terreno se eleva y la zona presenta cada vez acantilados más y más escarpados. Quizá sea la zona más seca de la península salentina, aunque también tiene algunos espectaculares pinares verdes que se recortan en el agua y que sorprenden al conductor cuando menos se lo espera.


Al final por causa del calor y del tiempo decidimos no descender hasta la punta más al sur, Santa María di Leuca, e internarnos tierra adentro, para visitar algunas de las ciudades barrocas del Salento. Estuvimos en Galatina y en Nardò. Ambas conservan estupendamente el entramado de calles estrechas y plagadas de palacios e iglesias barrocas. En fin, con mucho encanto a pesar de que el calor era sofocante. Galatina es muy interesante y tiene un paseo agradable por calles silenciosas y plazas con hermosos palacios, un poco al estilo de Lecce.
Pero lo que más nos impresionó fue la iglesia de Santa Caterina d'Alessandria, que tras un hermoso portal románico esconde una gran iglesia gótica (la única de todo el salento que se conserva) que alberga unos frescos de espectacular factura de Francesco d'Arezzo. La conservación de los mismos es óptima y su estilo (un poco al modo de Giotto) embriagador, con bóvedas llenas de ángeles de alas multicolores y cientos de escenas repartidas por todo el espacio. Fue si duda uno de los momentos más especiales de todo el viaje.





Nardò por su parte tiene un encanto de pueblo antiguo, a la vieja usanza, con una plaza que conserva ese aire dieciochesco y mucho sabor popular a la vez. Belleza e imágenes pintorescas de señores en la calle sentados en sillas, casi como si los viera en mi pueblo de Andalucía, hace ya muchísimos años.



La ruta la continuamos hasta el mar, llegando a la encantadora ciudad de Gallipoli, asentada en una península que se adentra en el mar Jónico, y que desde su perímetro amurallado y salpicado de almenas redondeadas dibuja un estupendo paseo a orillas del mar, como si de una Cádiz italiana se tratara (y es que su semejanza, por ambiente, color, arquitectura y luz es realmente asombroso). Las capillas de las hermandades de la ciudad bordean este perímetro y miran casi todas hacia el mar. Es éste un paseo que (por otra parte) se ha llenado de pequeños bares y restaurantes con agradables terrazas colocadas con un gusto muy especial y exótico, como para sentirse casi en un país caribeño. Música, velas, sombrillas de colores y sillas de mimbre recrean esquinas donde sentarse a ver esconderse el sol en el precioso golfo de Taranto. El pequeño interior de la ciudad antigua es un laberinto de calles estrechísimas y de un blanco inmaculado entre las que emerge la imponente catedral barroca.
En Gallipoli asistimos a una puesta de sol como pocas recordamos y vimos hasta una procesión marítima que atravesó el contorno marino de la ciudad lentamente mientras desde tierra todos miraban. Un poco como en España.







Exaustos regresamos a Lecce, a menos de 30 Km, para descansar y despedirnos ya de ella. Lo hicimos en un restaurante al que le habíamos echado el ojo días antes, pero que siempre estaba lleno. Las especialidades de Puglia, como siempre espectaculares. Aquí recuerdo haber tomado una de las Burratas de Buffala más ricas de todo el viaje.