viernes, 24 de octubre de 2008

DE SUR A NORTE PASANDO POR MATERA (4)

Debíamos terminar nuestro recorrido por el sur de la región y dirigirnos al norte de Bari, concretamente a Trani, que sería nuestro destino aquel día. Pero antes debíamos pasar por Taranto, donde queríamos hacer una breve parada, y en Matera, donde sí queríamos ver con calma la ciudad.
Taranto se convirtió en el capítulo más desagradable del viaje. A pesar de que la ciudad teóricamente no tiene nada para ser fea, comenzando por su ubicación geográfica, en una isla casi unida a tierra por sus dos extremos, dejando a un lado una especie de mar interior y el propio golfo de Taranto al exterior, el paisaje está muy degradado por la construcción masiva de fabricas y polos industriales. El ensanche es como el de otras ciudades italianas, pero estaba bastante vacío porque era domingo. Pero en cuanto entramos en la isla se nos vino el alma a los pies. La degradación del paisaje urbano es espectacular (y eso que las guías dicen que ya se ha recuperado bastante). Hay mucha suciedad, edificios abandonados, semidestruídos, y gente muy poco amigable por las calles. Así que nos internamos sólo un poco a pie, lo justo para llegar a la catedral, que es una hermosísima catedral románica con unos capiteles impresionantes y una cripta muy muy interesante. Pero salimos de allí corriendo. Qué pena, pensé. Porque los lugares en sí no eran feos, más bien todo lo contrario. Pero la sensación de la ciudad no es cálida. En fin, espero que algún día pueda volver para cambiar de opinión.

El camino a Matera va abandonando los paisajes propios de la costa y se va internando en un paisaje seco y desolado. Cuando llegamos a Basilicata (pues Matera está en la región de Basilicata) la imagen era un poco como la de una Castilla de llanuras infinitas y coloreadas de ese amarillo que dejan los campos de cereal cuando están secos. La ciudad es Patrimonio de la Humanidad, y tras un par de decenios de duro trabajo se ha acondicionado para acoger un turismo de interior y piedras que gusta de alojarse en casas con encanto y disfrutar del aislamiento y el silencio. Pero cuento un poco el interés de esta ciudad.

Matera está construida sobre un cañón de un río, y desde la edad media, mucha población había ido construyendo casas en forma de cueva en las paredes del cañón. La ciudad ocupa digamos dos (especie de) colinas, y en las hondonadas es donde tenemos estas construcciones. Las más humildes, prácticamente casas-cueva. Las que son más casa que cueva se amontonan unas encima de otras en las paredes de la roca de las colinas que tiene la orografía del terreno. Es complejo de describir, pero ninguna fotografía puede explicar la impresión de la llegada y de las vistas a esta ciudad y sus diferentes colinas (o "sassi", literalmente piedras, que es así como llaman a las dos colinas o "barrios" donde se disponen las viviendas).



Las condiciones de vida de la población en este lugar causaron un gran impacto al escritor Carlo Levi durante su "confinamiento" en el sur del país en la época de Mussolini. Aquello le inspiró para escribir la novela, publicada más tarde con grandísima repercusión, en 1945, Cristo si è fermato a Eboli (Cristo se paró en Éboli), donde denuncia la situación de pobreza e insalubridad de gran parte de la población del Mezzogiorno italiano, en comparación con la situación del próspero norte. La situación puso el foco de atención en las desigualdades económicas de Italia y ayudó mucho a crear una conciencia al respecto. En Matera la gente vivía sin electricidad ni agua, y contaban con un sistema prácticamente prehistórico (a la vez que audaz) par la canalización del agua. Afortunadamente a partir de los años 50, comenzó a trasladarse a la población a la parte alta de la ciudad (a la llanura) donde se construyó la nueva Matera (terriblemente fea, por cierto). Algunos, de todas formas, no quisieron abandonar sus casas. Pero la cuidad ha seguido siendo fuente de inspiración, y Pier Paolo Passolini rodaba allí su sobrecogedora Pasión según San Mateo, asombrando al mundo con las localizaciones de Matera. Muchas otras películas se han rodado allí, entre ellas y por seguir en la misma línea, la violenta y polémica Pasión de Cristo de Mel Gibson.




Con la declaración del conjunto como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO comenzó un importante trabajo de restauración y de creación de empleo turístico sostenible en la cuidad de los sassi, que ha permitido traer todas las comodidades de la vida moderna a este lugar. La importantísima inversión económica se ha hecho con mucho acierto y no ha destruido demasiado la esencia de la ciudad, donde uno puede perderse por horas entre sus callejuelas, sus escaleras, arcos, plazuelas, todas de un color parduzco inimitable. O visitar las impresionantes iglesias y monasterios rupestres con abundantes frescos de diversas épocas. Uno de ellos, situado en el último sasso, es en realidad un conjunto de 5 iglesias excavadas en la roca que resultan muy impresionantes para el viajero que llega a ellas como final de paseo de la ciudad porque además desde las mismas se observa una panorámica estupenda de Matera.





Fueron varias horas de perdernos por las callejuelas de Matera bajo el imponente sol y el calor asfixiante, pero no nos pesaba nada. Era como estar en otro mundo, en otra vida, en otra historia. Además, la escasa afluencia de turistas ese día contribuyó mucho a sentirnos casi en una ciudad abandonada y a poderlo vivir, por lo tanto, de una manera bastante especial.





De camino a nuestro destino final de la jornada, paramos en la ciudad de Gravina in Puglia, que como su nombre indica esta situada al igual que Matera en un cañón de un río. En ella hay una iglesia excavada en la roca (casi una catedral, como rezaba la guía al hablar de sus frescos y sus cinco naves). Pero como tantas otras veces en el viaje, incluso cuando conseguimos llegar donde estaba, a pesar de la nula señalización, descubrimos con pena que estaba cerrada con una verja y que era imposible ver nada. Es un poco desconcertante la desidia con la que te encuentras gran cantidad de monumentos inaccesibles y (lo que es más grave) sin ningún tipo de vigilancia, señalización de horario de apertura ni nada que se le parezca. En fin, imaginamos cómo sería por lo que veíamos desde la cancela, pero nos quedamos con las ganas. Afortunadamente Gravina es una ciudad agradable y el paseo no fue del todo en vano. Cuenta con un par de iglesias interesantes y una gran catedral barroca con algún vestigio románico en una plaza muy agradable.





La llegada a Trani ya anocheciendo fue un poco tumultuosa. La sensación de sofoco era tremenda debida al intenso calor y al alto grado de humedad en el ambiente. Nos costó encontrar el Bed & Breakfast, pues finalmente se trataba de un apartamento en un bloque de pisos de playa normales. El dueño, un chico de nuestra edad bastante agradable pero algo chulillo, como tantos italianos que están aparentemente como de vuelta de todo. El sitio no me gustó mucho, pero era sólo una noche, y lo bonito que es Trani lo compensó con creces.
Por la noche seguía el calor y la humedad. La sensación era sumamente desagradable, casi como en un país tropical. Así que a pesar de que el paseo hasta el centro de la ciudad era muy bonito, con casas y calles de piedra y mucha gente celebrando las fiestas de la ciudad (hasta fuegos artificiales tuvimos) en seguida estábamos cansadísimos de agotamiento.
El puerto de Trani es muy especial, muy acogedor, y en uno de sus extremos está, aislada y junto al borde del mar, la catedral románica. Una catedral esbeltísima desde fuera, por ser de una piedra blanquecina preciosa y por destacar su elevación mucho más al estar aislada de los demás edificios y contar con un tejado a dos aguas con un ángulo muy agudo. La alta torre del campanile se recorta casi como un faro. En fin, realmente muy especial. Una pena el calor que hacía. Terminamos cenando en un lugar de comida típica pero con productos biológicos. Pero tampoco pudimos disfrutar mucho de la terraza ni de la comida. Ya me imaginaba un resto del viaje en esas condiciones y me entraba de todo, pero afortunadamente los vientos rolaron y al día siguiente, poco a poco la temperatura fue bajando hasta unos niveles no sólo tolerables, sino más que agradables.

martes, 21 de octubre de 2008

LA PENÍNSULA SALENTINA (3)

La península salentina se extiende al sur de Lecce, que es su centro y capital, y constituye el final del sureste de Italia, la punta del tacón de la llamada "bota italiana". Está bañada al este por el mar Adriático y al oeste por el Jónico, en la parte oriental del golfo de Taranto. La idea que teníamos era recorrerla en un día, bajando hacia el sur por la costa adriática y después internándonos en algunos pueblos para cruzar a la costa de Gallipoli.
En esta región el paisaje se vuelve muy fértil, de perfiles suaves y ondulados, con poca altitud, pero muy cultivados de vides y olivos sobre todo, aunque también con grandes zonas de arboledas muy bonitas cerca del mar. Es un paisaje que puede resultar algo monótono, pero en ningún caso feo. Me sorprende que otros viajeros me hubieran advertido con antelación que la zona era muy árida, pues exceptuando la gran llanura de la zona de la provincia de Foggia, dedicada al cultivo del cereal y que en la época estival tiene efectivamente un aspecto de gran aridez, el resto de la región me pareció relativamente verde y arbolado. Al menos mucho más que la misma latitud en España.
Comenzamos por San Cataldo, a sólo 10 kilómetros de Lecce, y que es la playa por excelencia de esta ciudad. Aquí aún hay bastantes zonas de playas muy agradables y largas. Pero a medida que se desciende hacia el sur el terreno se eleva y la costa se va transformando en una zona de acantilados, sobre todo a partir de Torre del Orso.

Llegamos a Otranto, una preciosa y pequeña ciudad encajada en una bahía muy redonda, y con un pequeño centro histórico encerrado en sus bellísimas murallas, que en su parte superior albergan también una imponente ciudadela con sus típicas murallas en forma de estrella.


El centro de la ciudad (unas pocas calles recoletas y estrechas) está bien aprovechado para atraer al turismo, principalmente de playa, que acude en la época estival. Sin embargo, Otranto es sobre todo famosa por haber sido tomada por los turcos en su ímpetu de conquistar el sur de Italia, allá por el final del siglo XV. La ciudad fue tomada después de un largo asedio desde el mar (heroico, ya que ni aragoneses ni venecianos ni napolitanos la defendieron, ocupados en sus luchas internas). La población fue masacrada y a los 800 habitantes que se habían conseguido refugiarse en la catedral, el comandante de la flota turca les ofreció perdonarles la vida si se convertían al Islam. Todos rechazaron y por lo tanto fueron ejecutados en una colina al sur de la ciudad, convirtiéndose en los famosos 800 mártires de Otranto. Los Aragoneses, sin embargo, recuperaron la ciudad tan sólo un año después, y recogieron los huesos de los mártires, con los cuales decoraron una capilla de la catedral, donde aún hoy se pueden ver (para quienes gusten de este tipo de decorados) como decorado de una capilla, justo detrás de la imagen de una virgen gótica.
A pesar de todo la ciudad guarda para el visitante dos enormes tesoros. El primero es la propia catedral, de traza normanda, pero que es única en conservar el suelo original de mosaico. En otras catedrales conservan algunos trozos. En algunas, incluso, de mayor calidad que los de ésta. Pero lo que tiene de particular la de Otranto es que lo conserva en casi su entera totalidad. Una pena que a pesar de que no se deja pisar en la zona, los bancos y sillas no están retirados, por lo que en realidad sólo se pueden apreciar bien los mosaicos de la zona de la entrada, que está más despejada. Estos mosaicos no suelen tener formas vegetales o geométricas, sino que cuentan historias y representan personajes de las escrituras y del antiguo testamento pero también mezcladas con historias y seres pertenecientes a la mitología clásica, al igual que lo hace en general la imaginaria del románico (una pena que todo eso se perdiera y en la alta edad media ya nunca se representara). El efecto del mosaico es impresionante y su horizonte grandioso, ya que pretende contar la historia de la humanidad en forma de un gran árbol que sirve para separar el cielo del infierno y que extiende sus ramas para representar entre ellas desde Alejandro el Grande siendo subido al cielo por grifones, hasta cultos paganos, pasando por algunos que otros voluptuosos pecados (con lo seductores que solían resultar la representación de los mismos en esta época). Lo cierto es que muchas de las figuras humanas y de animales no han podido ser interpretadas del todo, lo cual da a este mosaico un cierto toque de misterio que refuerza del todo su belleza.
La otra gran sorpresa de Otranto es la pequeña basílica bizantina de San Pietro. A pesar de que el dominio bizantino en estas tierras fue intermitente, su presencia cultural es evidente cuando la recorremos. Pero es cierto que si bien hay muchísimos ejemplos de iglesias trogloditas excavadas en la roca, pocas basílicas quedan en pie. Y ésta es una de ellas. Uno casi se podía sentir en Grecia al llegar a la minúscula placita que en su centro alberga la basílica (y tampoco es una locura ya que desde las costas de Otranto, los días claros se divisa la isla de Corfù, que es en realidad la costa más cercana en dirección oriental).


Su factura es tan bizantina y su tamaño tan pequeño, que es como una pequeña joya que está esperando al viajero. Aunque la encontramos cerrada, a los 5 minutos una señora con unas bolsas de plástico del mercado (una de estas típicas señoras corpulentas del sur) abrió la puerta sin mirarnos y entró en la basílica encendiendo varios ventiladores que se encontraban repartidos por la planta. La verdad es que hacía calor ese día, pero en fin, la imagen de la basílica del siglo VII con los ventiladores funcionando era realmente "original". El templo conserva unos cautivadores frescos que no pudimos evitar contemplar con pausa. El calor se nos olvidó de repente y nos dedicamos a la belleza por un rato.





Hacia el sur de Otranto la costa se salpica de grutas, muchas de ellas visitables desde el mar. Como no teníamos mucho tiempo, alquilamos una barca con conductor que nos hizo una pequeña excursión para ver algunas de ellas. Fue bonito ver la costa y las impresionantes grutas que se abren bajo el borde de los acantilados. En alguna de ellas hasta entramos con la pequeña lancha al interior. Especialmente bonita fue una en la que el suelo blanco de arena iluminado por el sol creaba en el interior oscuro de la cueva una sensación de luminosidad azulada casi onírica. También recuerdo alguna que tenía grandes estalactitas y cavidades en su techo de grandísima altura.
Pero debíamos seguir hacia el Sur. El calor asfixiante nos hizo darnos un baño en una de las playas de roca junto al embarcadero desde donde hicimos la excursión. Era curioso tomar el sol en la roca y bajar al mar por una escalera clavada en la roca. Pero debíamos continuar. El terreno se eleva y la zona presenta cada vez acantilados más y más escarpados. Quizá sea la zona más seca de la península salentina, aunque también tiene algunos espectaculares pinares verdes que se recortan en el agua y que sorprenden al conductor cuando menos se lo espera.


Al final por causa del calor y del tiempo decidimos no descender hasta la punta más al sur, Santa María di Leuca, e internarnos tierra adentro, para visitar algunas de las ciudades barrocas del Salento. Estuvimos en Galatina y en Nardò. Ambas conservan estupendamente el entramado de calles estrechas y plagadas de palacios e iglesias barrocas. En fin, con mucho encanto a pesar de que el calor era sofocante. Galatina es muy interesante y tiene un paseo agradable por calles silenciosas y plazas con hermosos palacios, un poco al estilo de Lecce.
Pero lo que más nos impresionó fue la iglesia de Santa Caterina d'Alessandria, que tras un hermoso portal románico esconde una gran iglesia gótica (la única de todo el salento que se conserva) que alberga unos frescos de espectacular factura de Francesco d'Arezzo. La conservación de los mismos es óptima y su estilo (un poco al modo de Giotto) embriagador, con bóvedas llenas de ángeles de alas multicolores y cientos de escenas repartidas por todo el espacio. Fue si duda uno de los momentos más especiales de todo el viaje.





Nardò por su parte tiene un encanto de pueblo antiguo, a la vieja usanza, con una plaza que conserva ese aire dieciochesco y mucho sabor popular a la vez. Belleza e imágenes pintorescas de señores en la calle sentados en sillas, casi como si los viera en mi pueblo de Andalucía, hace ya muchísimos años.



La ruta la continuamos hasta el mar, llegando a la encantadora ciudad de Gallipoli, asentada en una península que se adentra en el mar Jónico, y que desde su perímetro amurallado y salpicado de almenas redondeadas dibuja un estupendo paseo a orillas del mar, como si de una Cádiz italiana se tratara (y es que su semejanza, por ambiente, color, arquitectura y luz es realmente asombroso). Las capillas de las hermandades de la ciudad bordean este perímetro y miran casi todas hacia el mar. Es éste un paseo que (por otra parte) se ha llenado de pequeños bares y restaurantes con agradables terrazas colocadas con un gusto muy especial y exótico, como para sentirse casi en un país caribeño. Música, velas, sombrillas de colores y sillas de mimbre recrean esquinas donde sentarse a ver esconderse el sol en el precioso golfo de Taranto. El pequeño interior de la ciudad antigua es un laberinto de calles estrechísimas y de un blanco inmaculado entre las que emerge la imponente catedral barroca.
En Gallipoli asistimos a una puesta de sol como pocas recordamos y vimos hasta una procesión marítima que atravesó el contorno marino de la ciudad lentamente mientras desde tierra todos miraban. Un poco como en España.







Exaustos regresamos a Lecce, a menos de 30 Km, para descansar y despedirnos ya de ella. Lo hicimos en un restaurante al que le habíamos echado el ojo días antes, pero que siempre estaba lleno. Las especialidades de Puglia, como siempre espectaculares. Aquí recuerdo haber tomado una de las Burratas de Buffala más ricas de todo el viaje.

lunes, 13 de octubre de 2008

Lecce (2)

El camino desde Martina Franca hasta Lecce transcurre paralelo al mar hasta Brindisi. Nosotros lo iniciamos desde la localidad de Fasano ya que pretendíamos visitar la iglesia troglodita que se encuentra en las afueras de esta ciudad. El aspecto cerrado del día anterior que achacamos a la hora tardía que era volvía a ser el mismo a la mañana siguiente, así que optamos por penetrar en el recinto vallado por un pequeño hueco y caminar por el campo con la esperanza de dar con las ruinas, ya que aparentemente no había señalización alguna. Siguiendo el cauce de un pequeño riachuelo llegamos por fin a la serie de casas cueva.



En realidad estaba todo bastante restaurado y hasta con algún que otro panel explicativo. La restauración estaba realizada con fondos europeos, pero parece que no hay ningún tipo de mantenimiento. Es una pena, pero una tónica en el sur de Italia, la desidia y el aparente desinterés por poner en valor los monumentos y cuidar de ellos. Afortunadamente la iglesia estaba cerrada con una valla que impedía penetrar en ella. Conseguí hacer unas fotos de los frescos del interior. Era la primera muestra de lo que luego se convertiría en la consciencia del inmenso patrimonio bizantino de estas características que está diseminado por toda la región. Si las iglesias construidas en piedra apenas han sobrevivido, aquellas excavadas en la roca sí que lo han hecho, y constituyen una muestra de la inmensa huella cultural Bizantina a pesar de la intermitencia y a veces fragilidad de su presencia en el sur de Italia.
Continuamos el viaje paralelos al mar hasta la ciudad de Ostuni.


Una ciudad con una personalidad única, levantada sobre un promontorio a unos 8 Km. del mar, entre campos interminables de olivos, todos esos que pueblan la península salentina y que en todo momento nos atrajeron por su elevada edad, pues a veces eran verdaderos bosques de olivos centenarios (y apuesto a que milenarios también) los que se extendían ante nuestros ojos, salpicados sólo de vez en cuando por alguna Masseria (edificio cuyo uso se aproxima bastante al cortijo andaluz). Ostuni es un pueblo pintoresco y blanco, de casas apiñadas y callejuelas estrechas y llenas de pasadizos donde de repente se aparece la vista lejana del mar sobre los campos de olivos. Un lugar muy fotogénico donde no hay nada de especial relevancia artística, pero el conjunto merece muchísimo la pena para un paseo relajado.



Después de Ostuni continuamos hasta el mar que se nos había ya metido en los ojos desde las alturas de la ciudad. Así que nos acercamos hasta las playas cercanas a Torre Guaceto y allí nos dimos un baño y disfrutamos de unos maravillosos pescados recién hechos a la parrilla en un lugar que tampoco vimos que estuviera masificado.
Nuestra siguiente parada era Brindisi, un poco más al sur. Es una ciudad con mucha historia (puerto de partida para las cruzadas y hoy puerto de llegada para muchísima inmigración procedente sobre todo de Albania) pero que ha sido sometida a tal ejercicio de destrucción urbanística que no tiene encanto alguno. Un par de iglesias románicas que nos fue imposible visitar por dentro (y la pena que nos dio pues a tenor de la arquitectura y los relieves externos debían ser bastante interesantes) y el final de la Via Apia señalada por dos imponentes columnas blancas que asaltan al turista casi sin anuncio previo justo al llegar al lugar donde el brazo de mar que llega a Brindisi se divide en 2 para rodear ambos lados del centro urbano.

El resto, casas y calles destartaladas, sensación de suciedad y desorden. Hasta el helado que nos tomamos en la zona del puerto nos pareció bastante mediocre. Así que la visita no duró más de una hora, y nos pusimos en marcha para hacer el último tramo de la jornada, encaminándonos hacia el corazón del Salento, a su bellísima capital, Lecce. Como habíamos reservado un Bed&Breakfast en el centro histórico debíamos quedar con el propietario a la entrada de la ciudad para que nos diera la correspondiente tarjeta de acceso del vehículo a la parte histórica y nos condujera por el complejo entramado de calles hasta el alojamiento. Y así hicimos. El chico, que luego demostró ser muy servicial aunque bastante friki, nos estaba esperando a la entrada del casco histórico y nos pidió que lo siguiéramos. La entrada al centro, rodeando primero las murallas por el boulevard que discurre junto a ellas para entrar después a través de la puerta que da entrada a la via Giuseppe Libertini, es tan profusamente monumental que yo sentía que me quedaba sin respiración. La primera impresión la proporciona el carácter agradable y antiguo de calles estrechas pero repletas de edificios grandes y palaciegos. La sinuosidad del trazado de las calles, cuya irregularidad da lugar espacios urbanos con mucha personalidad, tales como placitas, rincones y codos de callejas, ensanchamientos, cruces de calles asimétricos. Y todo ello dotado de un aire señorial que la condensación de palacios hace inevitable.


Creo que fue todo un acierto quedarnos en el mismo corazón del casco histórico, justo detrás de la catedral. No sólo por la propia belleza del entorno, sino por lo agradable que es el centro de Lecce y la posibilidad de sentirnos en aquellos escasos tres días como auténticos habitantes de la ciudad, saliendo de nuestro pequeño apartamento a esas calles que, una vez bajamos del coche, descubrimos que tenían aún más sabor del que suponíamos.
A pesar de que Lecce tiene muchos monumentos interesantes, creo que el secreto de su belleza está en el urbanismo que ha creado. Por supuesto visitamos las bellísimas iglesias barrocas, la catedral y su incomparable plaza, las ruinas del anfiteatro romano, en plena plaza principal de la ciudad. Pero creo que la imagen más viva de Lecce me queda de los larguísimos paseos que dimos perdiéndonos en sus callejuelas estrechas en las que sin embargo los grandes edificios palaciegos que las conforman les imprimen una verticalidad que por un lado aumenta esa sensación de sentirnos pequeños, casi como un ser diminuto en una ciudad de juguete, y por otro la profunda sensación de teatralidad del escenario de sus calles, casi imaginadas como para representar una continua e interminable obra. Todo ello se ve reforzado en las tardes de verano por esa inflexión especial de los rayos de sol vespertinos sobre la piedra anaranjada en la que están construidos la casi totalidad de los edificios de la ciudad.




Desde mi punto de vista, el origen de toda esta belleza absolutamente particular está en la combinación de varias cosas. En primer lugar el hecho de ser una ciudad con un trazado muy medieval de las calles que en época del barroco y debido al florecimiento económico e intelectual de la ciudad se fue transformando mediante la arquitectura al gusto de este periodo. Pero no se diseñó una nueva ciudad como en otros centros sí sucedió, sino que en la mayoría de los casos lo que se hizo fue vestir la ciudad medieval con fachadas barrocas.




La piedra que se usó, procedente de las proximidades, era lo suficientemente maleable como para proporcionar cierta facilidad para realizar los grabados, relieves y formas sobre ella de manera fácil y por lo tanto económica y por otro lado está dotada de un color naranja que la hace bellísima al estar iluminada por la luz del sol, especialmente en las últimas horas del día. Por eso, en Lecce lo que hay que hacer es dejarse llevar por el laberinto de sus callejuelas. Caminar, respirar la ciudad, dejarse sorprender por los edificios, las plazas, los espacios, las atmósferas, la luz de cada momento... Hay que dejar que la ciudad viva delante de nosotros, que sus calles nos traguen para susurrarnos lentamente la clave de su belleza.


En mi memoria quedará para siempre aquel primer encuentro, recién anochecido, entrando casi con la respiración paralizada en el espacio cerrado y especial que es la Piazza del Duomo. Esta Florencia del Sur, como también es llamada, creo que no disgusta a nadie. Por su belleza, pero también por ese carácter de los salentinos, abierto, alegre, vital, que (al menos en verano) inunda los espacios y los contagia de una atmósfera intensa y especial. Prueba de ello la tuvimos la segunda noche, que nos acercamos a un pueblito cercano para asistir a un multitudinario festival gastronómico y musical en el que comprobamos el buen humor y la alegría de esta gente, y donde dimos buena cuenta de especialidades locales (es curioso, los puestos de comida más local estaban vacíos frente a los que despachaban salchichas, que registraban largas colas). También tuvimos ocasión de escuchar la música local, muy alegre y movida, estilo tarantella, mientras otros la bailaban. Me di cuenta de cómo a pesar de todo, la gente en este tipo de acontecimientos allí es mucho más cívica que en nuestro país, y ni en fiestas llenas de personas, música y bebida, olvida ser limpio, respetar a los demás y no desbarrar como sin duda harían aquí en España, donde tan sólo quizá en Cataluña recuerdo haber visto acontecimientos de este tipo disfrutados desde el civismo.

sábado, 4 de octubre de 2008

Verano 2008 (1) LA VALLE D'ITRIA.

La llegada a Puglia fue accidentada por el cambio de horario no anunciado de la compañía de bajo coste que escogimos para volar a Bari. Resulta que cuando uno compra un vuelo de éstos (con tarifa cerrada de las que son imposibles de anular ni de cambiar de fecha), debe controlar unos días antes que no se lo hayan retrasado, 8 horas por ejemplo (como fue nuestro caso). Volábamos por la tarde, así que la perspectiva de romper nuestros planes y llegar de madrugada era especialmente grave porque precisábamos del coche para llegar a nuestro primer hotel, a unos 80 km del aeropuerto. Afortunadamente la empresa con la que teníamos contratado el alquiler del coche actuó de manera muy profesional y nos aseguraron la permanencia de un empleado hasta que llegase el vuelo (finalmente a la una y media de la mañana).

A pesar de este primer contratiempo, que nos obligaba ya a retocar la ruta y eliminar nuestros planes de visita para la primera tarde, llegamos finalmente a un confortable hotel de las afueras de Martina Franca, ciudad base que escogimos para recorrer la zona del valle de Itria y la costa sur de Bari. Esta ciudad, en principio desconocida para mí, apareció por primera vez en mi cabeza a raíz de un CD que compré hace meses del Idomeneo de Mozart grabado en vivo en una representación del festival de ópera que tiene lugar en el Palazzo Ducale de esta localidad hasta entonces desconocida para mí.

Tras descansar unas horas nos lanzamos sobre la ciudad, que está muy limpia y cuidada. En la mayoría de ciudades que visitamos se preparaban las fiestas locales, siempre con el levantamiento de unas estructuras de madera de formas florales muy festivas y llenas de bombillas, forrando las calles principales. Sin embargo, hay que reconocer que desde el punto de vista del turista eliminan las vistas de muchos monumentos. En Martina Franca nos tocó la primera, y en esta ocasión ocultaba la visión de la plaza principal del pueblo que, aún así, nos conquistó con su aire pintoresco y sus callejuelas llenas de encanto.


En Martina Franca se produjo nuestro primer contacto con las iglesias y palacios barrocos que salpican esta región septentrional de Italia. Algunas calles me hicieron recordar las calles palaciegas de algunas ciudades andaluzas que conozco bien, como Osuna o Carmona, y que trazaron ya entonces ese vínculo especial con mi tierra de origen que he sentido en muchos de los lugares que he recorrido en este viaje.


Marina Franca es pequeña y manejable, con un centro casi circular en el que uno se deja perder con ganas para admirar los rincones llenos de perspectivas, de palacios y torres, plazas y callejas de arquitectura encalada y limpia. Tiene un aire entre señorial y rural que me gustó.

Desde ahí emprendimos el recorrido a todo el valle d' Itria, que la rodea y que aparece ondulante y poblado de una mezcla de vegetación mediterránea que se siente bastante autóctona (qué pena la manipulación paisajística que hemos ejercido en España, no sólo a nivel estético sino ecológico) en el que el olivo se erige como especie reina.

Esta zona del interior de Puglia se caracteriza por los Trulli, construcciones autóctonas de forma circular y tejado cónico que resultan de lo más pintoresco y que atraen a millares de turistas (especialmente italianos) a la zona para observar estas construcciones que tienen cierto acento atávico, pero que son muy fotogénicas.


En el centro del valle se levanta Alberobello, que reúne todo un casco urbano de este tipo de construcciones y que está preservado por su catalogación como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El calor caía a plomo, pero aún así disfrutamos mucho de la pequeña localidad, y lo hicimos casi en soledad (cuando todas las guías coincidían en prever hordas de turistas por sus calles estrechas) y silencio, pues a pesar de lo orientada al turismo que está, la tranquilidad de la mañana de miércoles nos benefició en poder atrapar algo mejor la atmósfera original del lugar.


Esa mañana se produjo también nuestra primera inmersión gastronómica en un restaurante que nos preparó un abundante combinando de antipasti que nos permitió conocer una muestra muy representativa de la cocina pugliese, que luego iríamos degustando poco a poco durante las sucesivas jornadas: Boconcini de mozzarela de buffala, scamorza rellena de prosciuto crudo, diferentes aceitunas aliñadas, riquísimo pan en brusquetas con tomate y aceite, pastelitos de diversas verduras, berenjenas en diferentes delicatessen de salsas y quesos... todo un festín que nos desvelaba ya lo que nos esperaba a lo largo del viaje.
Fue también nuestra primera muestra del plato rey de la pasta de esta región: Le orecchiete con le cime di rape, plato hasta hace no tanto considerado un poco como de pobres (al igual que casi toda la gastronomía de la región, proveniente de los productos de la tierra y de la escasez de medios de una mayoría de población de naturaleza muy agrícola y pobre) y que con el resurgir del elogio de la dieta mediterránea se ha impuesto como un imprescindible entre los tópicos gastronómicos de la península italiana. La pasta de grano duro en forma de pequeñas orejitas se acompaña de los brotes de brécol cocidos y refritos con ajo y especies en una combinación deliciosa.

La tarde la dedicamos a seguir nuestro recorrido por las imprescindibles grutas de la Castellana (en un recorrido sorprendente que nos llevó a caminar casi 3 kilómetros a 70 metros bajo tierra para admirar las diferentes cavidades que hay hasta llegar a la espectacular grotta bianca, en la que las estalactitas y estalagmitas formadas durante milenios sobre una roca caliza de una pureza inmaculada nos deja asombrados en un entorno de blanco marmóreo y belleza sobrenatural.

Continuamos hasta la costa, donde sólo nos dio tiempo de visitar una de las ciudades costeras que estaban en la lista. Elegimos Monopoli, la más interesante en las guías, que con su centro histórico estrecho, decadente sin llegar a lo ruinoso y un poco abandonado, nos ofreció la primera postal de la Italia del sur más pintoresca, llena de sorpresas, detalles kitsch y un paisaje humano inimitable.

La ciudad, además, cuenta con un entramado de calles muy acogedoras, llenas de elementos arquitectónicos como arcos, arquillos, esquinas, plazuelas, túneles... que son tremendamente agradables para el visitante.


Su puerto, al abrigo del castillo de los aragoneses, es pequeño y recoleto además de plácido y silencioso. Uno se sienta a contemplar el abigarrado paisaje de barcos grandes y pequeños entre los muros que encorsetan el minúsculo muelle y podría quedarse ahí horas y horas viendo lentamente desplegarse todo el microcosmos del lugar.

Un helado en la concurrida plaza central antes de partir sirvió de excelente punto final para un día en el que aún buscamos los vestigios de una ciudad troglodita abandonada en las afueras de la ciudad de Fasano (que terminaríamos visitando el día siguiente) y que culminó con una estupenda cena en una pizzería del centro de Martina Franca y un paseo posterior en el que comprobamos que la ciudad no perdía nada de su encanto por la noche. Hasta escuchamos a lo lejos los ensayos una de las representaciones de ópera del Festival que estaba teniendo lugar dentro del Palazzo Ducale.

Mirar.


Me gusta mucho mirar. Mirar a mi alrededor y mirar a todos los alrededores que consigo alcanzar. Y asombrarme con la diferencia. Con lo que entiendo y con lo que no entiendo. Con el color y la forma, con el olor y el sabor de la realidad.

Por eso necesito viajar. Desde mi pereza necesito hacerlo porque necesito mirar más allá.

Cuando viajo me gusta hacerlo desde duda, desde la discreción y desde el sigilo, como para no molestar, como para no perturbar la naturaleza de las cosas.

He llegado a la conclusión de que necesito de vez en cuando huir de lo que he elegido y bucear en todo aquello que pudo ser - por elección, por limitación, por latitud, por edad, género, contexto- Sí, necesito no olvidar que lo que soy es sólo una de las millonésimas realidades posibles.

Por ello intento escapar viajando, mirando, tratando de comprender, saboreando... Y después volver. Volver a lo elegido, a lo de siempre. Y sentir que uno está donde quiere estar pero con la sensación de ser un poco más grande, más sabio, más lleno de belleza, pero sobre todo, mejor ser humano.