viernes, 31 de octubre de 2008

IL GARGANO (6)

El Gargano es un promontorio montañoso que se adentra en el mar Adriático en la parte más septentrional de la región de Puglia, el llamado espolón de Italia. Su interior montañoso está ocupado por el parque nacional del Gargano, que tiene como anexo las Islas Tremiti, situadas al norte del promontorio. Para recorrerlo la intención era entrar por el norte para ver las dos albuferas (lago di Varano y lago di Lesina) que se sitúan en esta zona, antes de iniciarse la montaña. Lo hicimos desviándonos de la autopista de Bari a Pescara, siendo ya el atardecer avanzado, por lo que en estos lagos casi pegados al mar no paramos, pero desde la carretera hay espectaculares vistas de los mismos que pudimos disfrutar con una luz preciosa. Una vez se dejan atrás, la carretera se convierte en una estrecha carretera de montaña plagada de curvas y que se interna en frondosas zonas de bosque. El momento fue precioso, ya que el sol se ponía, casi no había nadie en la carretera, y el fresco había ido en aumento a lo largo de la tarde así que se metía en el coche por las ventanillas. De hecho su posición geográfica y sus montañas hacen que esta región tenga un microclima y sea mucho más húmeda y fresca que el resto de Puglia. Esto, unido a lo espectacular de su costa llena de farallones y a lo pintoresco de sus pueblos encaramados en ellos, la hace un destino turístico de playa para muchísimos italianos, así como extranjeros, principalmente alemanes.

El hotel que habíamos elegido estaba a la salida de Peschici, una de las principales localidades de la zona. Fue un alivio por primera vez necesitar una chaqueta a causa del fresco. El lugar era paradisíaco. A pesar de ser una construcción nueva y las habitaciones decoradas de una manera muy funcional, la luna llena nos permitió vislumbrar que estábamos en un lugar lleno de bosques y con preciosas vistas al mar, como descubriríamos con asombro la mañana siguiente.



Nada más llegar nos fuimos al pueblo de Peschici, en el que había fiesta por lo que estaba bastante animado. Peschici está encaramado a un acantilado sobre el Adriático y deja a un lado una pequeña pero hermosa playa. El sitio nos sorprendió porque ante el aparente silencio de nuestro hotel, en medio de la nada, aquí había música, gente paseando, terrazas llenas. Todo muy turístico, vamos. Paseamos por la calle principal comercial, a rebosar de paseantes curioseando entre las pastelerías, heladerías y tiendas de artesanía y souvenirs. Nos decidimos por un restaurante casi frente a uno de los miradores que dan al mar. Fue una de las mejores cenas de todo el viaje, con pescado y pasta local, burrata y dulces típicos. Todo un festín en un sitio casero y agradable.

Al día siguiente, tras un delicioso desayuno frente al mar en la terraza del hotel, queríamos hacer la ruta de la carretera que va de Peschici a otra de las localidades importantes del Gargano, Vieste. Empezamos por Peschici, que recorrimos ahora de día, fotografiando todos los rincones pintorescos que tiene y sus hermosas vistas . Monumentos no hay, pero es bastante agradable. Continuamos la ruta por la costa, con la idea de volver luego por el interior, pues había dos rutas, ambas con carretera de montaña. La carretera gira y gira entre mar y pinos y nos permitió ya comprobar que hacía mucho viento y el mar estaba bastante picado, pero de un color inexplicable, entre verde y azul.




Vieste también está encaramado a un acantilado, como Peschici, si bien es más grande y deja a ambos lados playas extensas y de arena fina. Recorrimos el pueblo y sus cuestas. Blanco inmaculado, en contraste con el verde intenso del mar y el sol que caía a plomo, pero muy suave por efecto del viento que se intensificaba. Terminamos comiendo algo ligero en la plaza del pueblo intentando no caer tumbados por el viento, y planeando una tarde de relax y sin mucha frustración (veíamos que peligraba nuestra idea de playa con el viento que hacía)



Así que en principio, tras la comida, proseguimos ruta hacia el sur, pensando que encontraríamos alguna playa más resguardada donde tomar el sol y darnos un baño. El caso es que la carretera seguía siendo espectacular y las vistas muy especiales, pero por recortada que era la costa no encontrábamos que en ninguna orientación el viento amainase, así que tras varias paradas, fotos, ratos sentados en lugares con vistas maravillosas, decidimos que lo mejor era volver a Vieste para darnos un baño en la kilométrica playa que se extiende al sur de la localidad.






Así hicimos y, a pesar del viento, vivimos uno de los momentos más especiales del viaje tomando el sol sobre la arena mojada y bañándonos mientras las olas rompían con fuerza en la orilla. Era como si el mundo hubiese desaparecido y sólo existiera aquella playa y nosotros dedicándonos a disfrutarla. Me sentí como cuando pequeño pasábamos las tardes infinitas en la playa, en Galicia, sintiendo cómo el sol bajaba poco a poco sin que el paso del tiempo nos importase lo más mínimo.

La vuelta al hotel la hicimos por el interior, pero no pudimos evitar tomar un poco la carretera que se adentraba en el parque nacional y accedía hasta la parte más densa de la Foresta Umbra, un densísimo y antiguo bosque cuya frontera es nitidísima, pasando del paisaje mediterráneo de la costa, con campos cultivados, vides y olivos a, en sólo 500m, prácticamente a una selva oscura y húmeda, llena de árboles de hoja caduca y musgo. El cambio es brutal y la belleza de este bosque muy intensa, y ya descrita por Plinio y Horacio en la antigüedad.

Llegamos hasta el mismo corazón del bosque y nos dimos un paseo entre domingueros cruzando senderos, prados y hasta un pequeño embalse. Era como estar trasladados unos 800 Kms más al norte en tan sólo unos minutos. Nos pareció increíble, y al día siguiente decidimos que lo cruzaríamos entero hasta el sur del promontorio.



Aún nos dio tiempo de tomarnos un helado en Peschici, y de volver al hotel a descansar un rato antes de, por la noche, acudir de nuevo a cenar. Este vez centrados más en los quesos de la región y el la carne.

A la mañana siguiente, de nuevo desayuno frente al mar recortado de pinos, y salida hacia el sur cruzando la Foresta Umbra, hasta el punto de la tarde anterior y continuando hasta su final a las laderas del Monte Sant'Angelo, situado en la cima de una montaña de más de 700 metros y desde cuya vertiente sur se domina toda la costa de Puglia prácticamente hasta Bari. La idea era simular el camino que los cruzados solían hacer en la Edad Media cuando acudían a los puertos de la Puglia para embarcarse rumbo a Tierras Santas.
La tradición exigía visitar el Monte Sant'Angelo, nacido en el siglo XI como capital de una serie de posesiones normandas en el lugar donde, según la tradición, el Arcángel San Miguel se apareció al Obispo de Siponto (ciudad hoy desaparecida y de la que quedan hoy sólo ruinas y alguna capilla, a los pies del Monte Sant'Angelo) en el año 490. El Arcángel ordenó al obispo dedicar la gruta en la que se le había aparecido al culto cristiano en su nombre. Y así hizo. La cueva aún se puede visitar entrando en el templo que se ha construido en el sitio, en época medieval.


Es, por lo tanto, un lugar de peregrinación y se nota en seguida. La portada del templo, de bellísimos relieves románicos, da entrada a unas largas escaleras que van descendiendo hasta la gruta, donde está la famosa capilla ya convertida en Santuario Nacional por los primeros invasores bárbaros de esta tierra en el siglo VII: los Lombardos, que siempre habían sido fervientes devotos del Arcángel San Miguel. El pueblo no tiene mucho más, un pequeño paseo por su centro urbano, un café delicioso en una cafetería como de otra época, y una breve visita al otro monumento importante del pueblo, el mausoleo de Rotari (rey de los lombardos del 636 al 652), que en realidad constituye el Baptisterio de la Iglesia de San Giovanni, donde no nos perdimos los interesantes y orientalizantes frescos que la decoran.



Monte Sant'Angelo se asoma al sur con unas vistas espectaculares, pues estando a unos 10 km de la costa se eleva casi a 800 metros sobre el nivel del mar. La bajada es muy espectacular, y al llegar a la planicie el paisaje pierde todo el encanto de la montaña y del verde que acabábamos de atravesar. El Gargano conecta con la llanura de Foggia, la segunda en extensión de toda Italia, convertida en uno de los graneros importantes del país. En verano su aspecto plano, seco y amarillento no es demasiado atractivo. Pero en las cercanías de Foggia queríamos visitar algunas cosas más.

Simulando aún las rutas de los cruzados en la edad media, las visitas a las capillas de la desaparecida Siponto eran obligatorias. Si la ciudad, de origen griego, no existe hoy en día a raíz de que tras un terremoto en el siglo XIII (durante el que quedó destruida) la población se trasladó a otra nueva ciudad (la actual Manfredonia), ambas capillas, de estilo románico, aún están en pie. Hoy en día están en medio de la nada, casi como olvidadas en los bordes de la carretera.
A pesar de haber salido del Gargano el calor no había aumentado y aunque el viento había amainado permanecíamos en una temperatura cercana a los 25 grados y con sol, lo cual, en un lugar sin mucha sombra como éste, era de agradecer. Afortunadamente este tiempo nos acompañó ya hasta el final.
Estas capillas (Santa María de Siponto y San Lorenzo) son las dos interesantísimas por su forma poco al uso. Cuadrada la primera, muy grande y especial y con dos naves irregulares la segunda, de la que destacaría la portada, de relieves bellísimos, de los más bonitos de todo el viaje.





El viaje debía continuar, separándonos ya de las rutas de los cruzados, para visitar Lucera y Troia. La primera es una ciudad que conserva muy bien su centro histórico amurallado, por el que dimos un breve paseo antes de visitar su imponente catedral gótica, construida sobre una mezquita que los angevinos destruyeron en el siglo XIII expulsando a la importante comunidad musulmana de la ciudad, que había llegado casi hasta las 20.000 personas y que procedía una recolocación tras una rebelión contra Federico II en Sicilia. También hay un anfiteatro romano, pero que por causa de unos trabajos de restauración no pudimos visitar.

Troia está situada en un alto promontorio en forma de flecha que domina toda la llanura de la provincia de Foggia. Fundada por los bizantinos en el siglo XI como fortaleza de vigilancia dentro de su sistema de defensa de la región y con el objetivo de apoyar la colonización griega, terminó finalmente siendo conquistada por los normandos. Su centro histórico, alargado, adaptándose a la orografía, se conserva muy bien y es tranquilo, casi desierto a las horas del mediodía de un día entre semana de verano como lo era cuando llegamos. Lo importante de Troia, sin embargo, es la Catedral, una de las catedrales románicas más interesantes de toda Italia. Sobre todo por sus interesantes influencias bizantinas y sarracenas, que se observan especialmente en la parte inferior de la portada.





Son de destacar también las puertas de bronce del siglo XII (las principales y las laterales, a cada cual más hermosa y espectacular).





También en el interior, aunque el ábside es de época posterior (gótica) las naves y sus imponentes columnas coronadas de capiteles con relieves espectaculares sobrecogen al visitante, que no puede dejar de mirarlas y mirarlas. Uno de lo más bonitos momentos de este viaje fue descubrirla, de repente, en la pequeña calle a la que da su fachada, y no saber dónde mirar porque la belleza intensa de ese románico contagiado de oriente bizantino y musulmán se esparce por el abultado bestiario que puebla su fachada, por las decoraciones de frisos, ventanas y arcos falsos, por los capiteles y en el púlpito del interior, en el rosetón de mármol compuesto de 11 tramos de celosías diferentes y arabescas... En fin, fueron muchísimos minutos que no nos cansamos de mirar por todos sus lados, un momento inolvidable, sumidos en ese mediodía tibio y silencioso que nos regalaba la jornada.



Después de decidir comer algo, con la pena de no podernos quedar allí más tiempo, resolvimos buscar un lugar en el mismo pueblo, lo cual no parecía tarea fácil ya que a aquellas horas parecía literalmente abandonado. Pocos pasos más abajo de la catedral había una vinoteca con un par de mesas fuera a la sombra. La verdad que daba la impresión de estar cerrado, pero la puerta estaba abierta. Dentro no había nadie. Al ratito salió un chico, casi adolescente, al que pregunté si podíamos tomar algo de comer. Me dijo que sí, y le sugerí si podía prepararnos unas bruschetas y una tabla de quesos. Parecía solo el pobre (luego descubrimos que efectivamente así era) y tardó mucho en prepararlo, así que dudábamos de qué estaba haciendo. Pero nuestra sorpresa fue mayúscula cuando apareció con una bandeja de las más ricas bruschetas que he comido nunca. No sólo deliciosas, sino preparadas con mucha delicadeza. Los tomates pequeñitos, la panceta de Martina Franca, una ramita de romero, las hierbas aromáticas, los quesos cortados con cuidado, en un plato precioso. Y una cesta de panes variados que estaban espectaculares. En general el pan en Puglia es impresionante, hay que decirlo. Hay muchos pueblos que tienen incluso pan con D.O. Pero es que estos que probamos en Troia eran auténticas delicatessen. En fin, que creo que después de todo lo que habíamos visto, este regalo extra nos hacía rozar la perfección.

2 comentarios:

senses and nonsenses dijo...

vaya. un cuaderno de bitácoras.
eres un incansable bloguero de raza, por si has tenido dudas...

un abrazo.

Lez Hard dijo...

Un beau voyage avec de très jolis détails.
ciao
lorenzo